¿Representación o vitrina? La fórmula indígena de Iván Cepeda y el riesgo de otro caso “Francia Márquez”

¿Representación o vitrina? La fórmula indígena de Iván Cepeda y el riesgo de otro caso “Francia Márquez”

La elección de una fórmula vicepresidencial indígena por parte de Iván Cepeda abre un debate delicado: ¿reconocimiento real o uso simbólico de los pueblos indígenas como insumo de marketing político? Muchos temen que se repita el libreto de Francia Márquez: enorme capital simbólico al inicio, pero luego una figura arrinconada, sin poder real, mientras la estructura de partido y gobierno decide todo entre bambalinas.

Durante años, los pueblos indígenas han sido mostrados en los discursos de la izquierda como símbolo de resistencia, diversidad y lucha histórica. Sin embargo, cuando llega la hora de tomar decisiones, de repartir poder y de sentarse en las mesas donde se definen presupuestos, reformas y proyectos estratégicos, la presencia indígena suele reducirse a fotos, videos emotivos y menciones en campañas. La brecha entre el discurso y la realidad se hace evidente cada vez que esas comunidades siguen enfrentando pobreza, violencia, falta de consulta previa y abandono estatal, aun bajo gobiernos que dicen representarlas.

La decisión de Iván Cepeda de elegir a una mujer indígena como fórmula vicepresidencial se mueve en ese filo. Por un lado, parece un gesto potente: una candidatura que pone en el centro a quienes casi siempre han estado en la periferia del poder. Por otro, muchos ciudadanos perciben una jugada calculada, pensada para ampliar la base electoral, sumar votos “de diversidad” y lavarle la cara a una clase política que continúa concentrando el mando real en los mismos círculos. El riesgo es que la candidatura se convierta en un empaque perfecto para un contenido que no cambia.

La experiencia reciente de Francia Márquez pesa en el análisis. Llegó a la vicepresidencia con una fuerza simbólica enorme: mujer, afrodescendiente, líder social, voz incómoda frente a las élites. Pero ya en el gobierno, entre ataques mediáticos, errores de comunicación y una evidente reducción de su campo de acción, su imagen se desgastó rápidamente. Terminó atrapada entre la expectativa de quienes la veían como símbolo de cambios profundos y los límites de un diseño institucional que no le concede poder real, más allá de encargos puntuales y apariciones protocolarias. Para muchos, quedó reducido a un ícono con el prestigio por el piso.

Frente a ese antecedente, la fórmula indígena de Cepeda despierta sospechas legítimas. ¿Será una voz con capacidad de decidir, vetar, proponer y negociar en serio, o será otra figura confinada a agendas “culturales”, discursos emotivos y giras simbólicas mientras la macropolítica se discute en otros espacios? La instrumentalización ocurre precisamente cuando el valor de una persona o un colectivo se mide por su utilidad electoral, no por su aporte real en la toma de decisiones. Y ese patrón se ha repetido demasiadas veces con comunidades indígenas, afrodescendientes, campesinas y populares.

El daño que deja ese uso instrumental va más allá de una elección. Cada vez que una figura indígena es puesta en la vitrina como “rostro del cambio” y luego es anulada en la práctica, se alimenta el cinismo social: la idea de que todo es marketing, que la diversidad es un accesorio, que la inclusión es un slogan vacío. Las comunidades terminan sintiéndose traicionadas, y la sociedad en general se acostumbra a ver estos nombramientos como maniobras cosméticas, no como pasos honestos hacia una democracia más representativa.

Si la fórmula indígena Aida Quilcué repite la ruta de Francia Márquez, el resultado puede ser especialmente cruel: una mujer de un pueblo históricamente golpeado, cargando en su cuerpo y en su biografía el peso de una promesa que no la dejaron cumplir, expuesta a ataques, racismo, clasismo, machismo y luego abandonada a un cargo bien pago pero políticamente decorativo. La imagen por el suelo, la voz minimizada y la narrativa oficial repitiendo que “ahí está, tiene un puesto”, mientras las decisiones pasan por otros escritorios.

La pregunta de fondo no es si hay que tener más indígenas en las fórmulas vicepresidenciales o en las listas, sino para qué. Si es para abrir de verdad el poder, permitir que esas voces incidan en la línea económica, en la política de seguridad, en los modelos de desarrollo, en las reformas al Estado, entonces es un paso histórico necesario. Pero si es solo para firmar comunicados, acompañar actos y servir de escudo simbólico ante críticas de racismo o exclusión, entonces es otra vuelta del mismo ciclo de uso y descarte.

Por eso, más allá del entusiasmo o la indignación inmediata, lo clave será observar los hechos: qué acuerdos programáticos se firman con esa fórmula, qué funciones concretas se pactan, qué compromisos vinculantes se incluyen en un eventual gobierno y qué márgenes de autonomía se respetan. La sociedad ya vio un libreto similar con Francia Márquez; Repetir la historia con un líder indígena no solo sería una falta de respeto, también sería un golpe frontal a la confianza en cualquier discurso progresista que hable de “pueblo” mientras administra el poder como siempre, pero con peores resultados.