Los tres candidatos presidenciales y sus fórmulas dibujan un mapa complejo: detrás de cada “dueto” hay una mezcla de cálculo, marketing y algo de proyecto de país. La pregunta es si esas duplas nacieron para gobernar con coherencia o solo para sumar votos en un país partido en temas como el proceso de paz y la JEP.
En esta campaña presidencial, las fórmulas no son simples acompañantes: son mensajes políticos. Cada candidato escogió una dupla que intenta resolver varios dilemas a la vez: tranquilizar a ciertos sectores, entusiasmar a otros, equilibrar territorio, género, origen social e ideología. Pero no siempre lo que se ve como “equilibrio” hacia afuera se traduce en coherencia hacia adentro; a veces, la mezcla luce más como un matrimonio por conveniencia que como un proyecto de largo aliento.
Entre los tres proyectos presidenciales, se repiten algunos patrones: candidatos que vienen de élites políticas tradicionales, otros que se posicionan como técnicos, y figuras que se venden como “anti-establecimiento” pero que terminan pactando con los mismos de siempre. En varios casos, la fórmula vicepresidencial no es la persona que mejor encarna el programa, sino la que más ayuda a corregir la imagen del candidato: si es visto como “muy radical”, se busca alguien moderado; si es percibido como distante, se elige alguien “popular”; si es muy bogotano, se busca un rostro de región.
El caso de fórmulas con diferencias marcadas en asuntos como el proceso de paz y la JEP es ilustrativo. Cuando un candidato que ha defendido la implementación del acuerdo se asocia con una fórmula que ha mostrado más escepticismo, o viceversa, la campaña intenta venderlo como “pluralismo” y “capacidad de diálogo”. Pero para el votante informado surge la duda: ¿es una síntesis honesta que enriquece la propuesta o es una contradicción diseñada para capturar votos de todos los lados sin decir la verdad completa sobre lo que harían en el gobierno?
Ejemplos como la dupla de Juan Daniel Oviedo y Paloma Valencia lo ponen en blanco y negro: él, con un discurso más tecnocrático y centrista, tratando de ubicarse como puente; ella, con una trayectoria asociada a una derecha fuerte, dura en temas de justicia transicional y crítica de la JEP y del enfoque de paz que ha marcado los últimos años. Esa combinación puede interpretarse como una apuesta por “sumar mundos” o como una señal de que, ya en el poder, el proyecto podría moverse hacia posiciones más duras de las que su discurso moderado sugiere hoy.
Algo similar ocurre con otras fórmulas: candidaturas que se autoproclaman renovadoras pero que llevan como compañeros a figuras ligadas a maquinarias regionales, o proyectos que se presentan como “del cambio” mientras negocian apoyos con casas políticas que llevan décadas en el poder. Cuando se mira la biografía, las votaciones pasadas, las alianzas y los silencios de esos binomios, queda claro que no todos están pensando primero en el país; muchos están pensando en cómo hacer viable su propia aspiración, incluso si eso implica sacrificar coherencia ideológica.
En términos de posibilidades reales en las urnas, las fórmulas también pesan. Una campaña con un discurso claro, un candidato reconocible y una fórmula que refuerza ese mensaje suele conectar mejor con electores cansados de ambigüedades. En cambio, cuando la dupla transmite señales cruzadas —por ejemplo, prometer compromiso pleno con el acuerdo de paz mientras se acompaña de alguien que ha pedido recortar o reinterpretar la JEP— el resultado puede ser confusión y desconfianza. El votante se pregunta: ¿qué están pactando por debajo de la mesa?
¿Fueron acertadas o equivocadas las decisiones de los candidatos al escoger sus fórmulas? Depende del criterio. Si se habla de cálculo electoral, algunas combinaciones son inteligentes: equilibran territorio, hablan a públicos distintos y generan titulares. Si se habla de gobernar un país polarizado, la cosa cambia: duplas ideológicamente fracturadas pueden volverse ingobernables una vez se enfrenten a decisiones concretas sobre paz, justicia, economía o seguridad. Lo que hoy se vende como “diversidad interna” puede ser mañana una pelea permanente en la Casa de Nariño.
Para el país, la clave no está solo en quién es el candidato principal, sino en entender qué representa y qué decidiría de verdad su fórmula vicepresidencial: qué piensa sobre la JEP, sobre el cumplimiento de los acuerdos, sobre la relación con las Fuerzas Armadas, sobre la economía real y el manejo de la protesta social. Una fórmula que solo sirve para sumar votos de encuesta, pero que será silenciada en el poder, es un engaño; una fórmula con poder real pero incompatible ideológicamente con lo que el candidato prometió en campaña, es una bomba de tiempo.
En últimas, el balance de las posibilidades en las urnas pasa por una pregunta sencilla para el votante: ¿esta dupla me convence como equipo de gobierno o solo como estrategia para ganar la foto del 8 de marzo? Quien vea coherencia, consistencia y un proyecto de país compartido, tendrá razones para confiar. Quien perciba contradicciones profundas o un “Frankenstein” armado para agradar a todo el mundo, debería asumir que, si así es la campaña, el gobierno puede terminar igual o peor.
