En política, pocas cosas pesan tanto como la sensación de rumbo. Hoy, una parte importante del electorado percibe que Abelardo de la Espriella sí sabe para dónde va, mientras que la dupla Paloma Valencia–Juan Daniel Oviedo todavía está tratando de ponerse de acuerdo en qué país quieren construir. Esa diferencia no es solo de estilo; se traduce en cómo crecen, se estancan o se desinflan en las mediciones.
El ascenso de Abelardo no fue inmediato, pero sí constante. Pasó de ser el abogado polémico que muchos conocían por redes y casos mediáticos, a convertirse en un candidato con narrativa consistente: orden, autoridad, castigo a la corrupción y ruptura frontal con el progresismo en el poder. Le habla sin rodeos a un electorado que quiere “mano firme” y mensajes simples. Lejos de matizarse para agradar al centro, reforzó su identidad y eso, le guste a quien le guste, construye un nicho sólido que se refleja en los números.
Del otro lado, Paloma Valencia arrancó como la carta natural del uribismo clásico: Discurso duro, estructura partidista, reconocimiento en la derecha. Pero la entrada de Juan Daniel Oviedo como fórmula la movió de ese lugar cómodo. Oviedo aporta hoja de vida técnica, credibilidad en cifras, empatía con sectores de clase media urbana y cierto aire de “centro razonable”. El problema es que muchas de sus posiciones en temas sensibles (paz, JEP, derechos civiles) chocan con la línea histórica que Paloma ha defendido. En vez de sumar armonía, la dupla abrió una caja de contradicciones.
Las consecuencias se ven puertas adentro: Militantes que se van sin hacer ruido, equipos regionales que miran hacia Abelardo buscando un discurso más alineado con lo que han repetido por años, y líderes de opinión de la derecha que ya hablan abiertamente de “reubicar” sus apoyos. Puertas afuera, se nota en entrevistas donde Paloma y Oviedo responden distinto a la misma pregunta, se corrigen, se pisan las frases o evaden definiciones claras. Para un país cansado de ambigüedades, esa imagen pesa.
La última medición nacional de intención de voto (la que no se puede citar numéricamente, pero cuya lógica general es clara en el debate público) muestra tres tendencias:
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Iván Cepeda encabezando con un liderazgo cómodo, aunque con techo visible.
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Abelardo de la Espriella consolidado en un segundo lugar competitivo, con crecimiento respecto a mediciones anteriores.
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Paloma Valencia estabilizada en un tercer lugar, lejos del desplome, pero sin lograr el salto que su campaña esperaba tras anunciar a Oviedo.
Lo interesante es la curva: Abelardo sube o se mantiene fuerte; Paloma crece poco o se estanca; la suma de los dos supera el bloque oficialista, pero esa fuerza está dividida. En escenarios de segunda vuelta que se discuten en debates y análisis, se repite una constante: Cepeda sería vulnerable frente a una derecha unificada, pero lo que hoy hay es una derecha repartida en dos proyectos que compiten más entre ellos que contra el gobierno.
La incoherencia en la campaña Paloma–Oviedo no es una etiqueta gratuita; se ve en temas concretos. Mientras una parte del binomio se define desde hace años por la crítica fuerte al proceso de paz y a la justicia transicional, la otra intenta matizar, hablar de ajustes, tecnicismos, “evaluar resultados”, sin ir al mismo extremo. El resultado es que nadie está plenamente satisfecho: Los más duros sienten que se diluye el discurso; los moderados temen que, en la práctica, termine mandando la línea más radical.
En contraste, Abelardo no juega a las medias tintas. Puede ser polémico, excesivo o alarmante para muchos, pero su electorado sabe exactamente qué comprar: Un discurso de confrontación, orden y revancha política frente a la izquierda. Eso le permite ocupar un lugar nítido en el tablero, lo que explica por qué cada tropiezo de Paloma se traduce en más visibilidad y más intención de voto para él. A ojos de muchos uribistas de base, él es el que está defendiendo “sin complejos” lo que antes encarnaban líderes que hoy están más moderados o divididos.
¿Está equivocada entonces la jugada de Paloma con Oviedo? Depende de qué se mida. Como apuesta para acercarse a sectores urbanos, jóvenes y tecnocráticos, tiene sentido. Como señal hacia su propia base, fue un disparo en el pie mal explicado y peor gestionado. Si la campaña no logra articular una historia común que responda con claridad a la pregunta “¿qué harían juntos con la paz, la JEP y la justicia?”, el ruido interno seguirá pesando más que las bondades técnicas del exdirector del DANE.
En cambio, la campaña de Abelardo parece tener claro su objetivo inmediato: consolidarse como la cabeza indiscutible del bloque de derecha, obligando a que cualquier jugada de unidad pase por él. En la medida en que encuestas y plazas lo sigan validando como segunda fuerza, tendrá más margen para negociar, polarizar o, incluso, absorber parte del voto que hoy duda entre Paloma y una opción más “pura” ideológicamente.
El mapa que se dibuja hoy no es definitivo, pero sí revelador:
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Un candidato oficialista fuerte, pero con techo.
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Una derecha dividida entre un mensaje claro que crece y una fórmula confusa que no despega como esperaba.
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Un electorado observando no solo lo que dicen en campaña, sino cómo se contradicen o se sostienen cuando los ponen juntos frente a un micrófono.
Si algo enseñan estas semanas es que la coherencia no es un lujo; es un activo electoral. Y hoy, esa moneda la está aprovechando más Abelardo que Paloma.
