El Pésaj 2026 en Israel se vivió bajo un cielo de sirenas y misiles, donde la celebración de la liberación de la esclavitud egipcia se mezcló con la crudeza de la guerra moderna. Familias interrumpidas por alarmas antiaéreas, seders en refugios y una resiliencia que convierte el miedo en rutina, mientras Irán e Hizbulá elegían la festividad para intensificar sus ataques.
La Pascua judía, Pésaj, arrancó el 31 de marzo de 2026 en Israel con el peso de una guerra que no da tregua. Lo que tradicionalmente es una semana de limpieza ritual, cenas familiares (seder) y narración del Éxodo se transformó en una prueba de resistencia colectiva. Sirenas antiaéreas interrumpieron los preparativos en Jerusalén, Tel Aviv y el norte del país, obligando a millones a correr a refugios mientras misiles iraníes y cohetes de Hizbulá surcaban el cielo.
El segundo día de Pésaj, coincidente con Viernes Santo para los cristianos, vio la mayor oleada de ataques desde el inicio del conflicto. Irán lanzó decenas de proyectiles balísticos hacia el norte —Galilea, Haifa y comunidades fronterizas—, causando incendios, daños materiales y al menos un herido leve. Hizbulá sumó barrages de cohetes desde Líbano, activando alertas desde la madrugada. El Ejército israelí (Tzahal) interceptó la mayoría, pero el mensaje era claro: Teherán y sus aliados cronometraron los golpes para maximizar el impacto psicológico durante la festividad más sagrada del calendario judío.
Aun así, Israel no se doblegó. Familias completaron los seders en sótanos y bunkers, recitando la Hagadá —el relato de la liberación— con el zumbido de drones en el fondo. En Jerusalén, el Muro de los Lamentos recibió peregrinos pese al cierre del espacio aéreo; en kibutz del norte evacuados, vecinos se reunieron virtualmente para mantener la tradición. Niños buscaron el afikoman (postre ritual) entre mochilas de emergencia, y las cuatro copas de vino se brindaron por la supervivencia presente, no solo por la antigua esclavitud.
El ambiente era de claustrofobia controlada. Compras de matzá (pan ácimo) y eliminación de jametz (levadura) se hicieron con apps de alerta en los celulares. Hoteles y restaurantes kosher adaptaron salones a refugios; el turismo religioso, aunque mermado, persistió con grupos pequeños en Safed y Tiberíades. El primer ministro Netanyahu y el ministro de Defensa Katz reiteraron que "el terrorismo no detendrá nuestras festividades", mientras Tzahal advertía de más ataques coordinados durante la semana santa.
Pésaj simboliza la transición de esclavitud a libertad, pero en 2026 Israel lo vivió como metáfora viva: familias unidas bajo amenaza, contando plagas modernas mientras el Domo de Hierro interceptaba venganza antigua. La resiliencia se hizo carne en madres que cantan Dayenu en shelters, rabinos que bendicen Iron Dome y soldados que custodian sinagogas. Cuando termine la festividad el 7 de abril, Israel no habrá olvidado: la libertad se defiende, incluso en la mesa del seder.
