Del acuerdo de La Habana al abismo electoral: El partido de los desmovilizados se queda sin curules ni personería

Del acuerdo de La Habana al abismo electoral: El partido de los desmovilizados se queda sin curules ni personería

El resultado electoral dejó un mensaje contundente: el partido surgido de la desmovilización en La Habana, que se proclamó “representante del pueblo”, perdió todas sus curules y, con ellas, su personería jurídica. Ese desplome abre un debate sobre memoria, perdón, justicia y la verdadera legitimidad en democracia.

El partido nacido de los acuerdos de paz firmados en La Habana llegó al escenario político con una promesa poderosa: transformar las armas en votos y convertirse en la voz de las víctimas, de la Colombia rural y de los sectores históricamente excluidos. Durante años se presentaron como “representantes del pueblo”, argumentando que su tránsito a la vida civil era una conquista democrática y una prueba de que la guerra sí podía tener un camino distinto. Sin embargo, la primera elección sin curules garantizadas los dejó frente a una realidad implacable: el electorado no les dio el respaldo que esperaban.

La derrota no fue solo numérica, fue simbólica. Perder todas las curules y quedar sin personería jurídica significa, en la práctica, salir del tablero institucional donde se toman las grandes decisiones del país. Es el fin de una etapa en la que, por diseño del acuerdo, tuvieron asiento asegurado en el Congreso, y el inicio de otra en la que, si quieren volver, deberán hacerlo en igualdad de condiciones frente a cualquier otra colectividad: con votos, sin privilegios y sin atajos. Para una parte del país, esto es justicia histórica; para otra, un retroceso en la implementación del acuerdo.

El castigo electoral puede explicarse por varias razones. Por un lado, una porción importante de la sociedad nunca aceptó que antiguos comandantes pasaran tan rápido de la guerra al Congreso, menos aún sin haber pasado por sanciones ejemplares o sin un reconocimiento pleno de responsabilidades. Por otro, el partido no logró conectar su narrativa de paz con los problemas cotidianos de la vida urbana y popular: empleo, seguridad, costo de vida, corrupción local. En muchas regiones, el recuerdo del conflicto pesó más que cualquier propuesta programática.

También influyó la fragmentación del campo progresista y de izquierda. Otros partidos y movimientos, sin la carga histórica de la guerra, lograron canalizar el voto de cambio, el voto joven y el voto inconforme. La marca asociada a la antigua insurgencia quedó atrapada entre el rechazo de buena parte del electorado y la competencia de fuerzas más frescas en la disputa por el relato de la transformación social. En un mercado político saturado de discursos de “pueblo”, su versión de la historia ya no fue la más convincente.

Que este partido se quede sin personería jurídica implica perder financiación estatal, tiempos en medios, estructura formal y capacidad de presentar listas propias con las mismas ventajas de antes. Es, en términos políticos, una muerte administrativa, aunque no necesariamente social: sus antiguos militantes pueden intentar reconvertirse, sumarse a otras fuerzas o crear nuevas plataformas políticas bajo otro nombre. Pero el mensaje del voto es difícil de maquillar: la sociedad les dijo que su legitimidad no se puede heredar de una firma en La Habana; se tiene que refrendar en las urnas.

El desenlace abre preguntas incómodas. ¿Este resultado fortalece o debilita la paz? ¿Es un acto de justicia democrática o un síntoma de que la sociedad aún no está preparada para integrar plenamente a los excombatientes en la vida política? ¿Se traduce en más frustración para las bases que sí apostaron por la reincorporación, o en una oportunidad para que surjan liderazgos nuevos, sin el peso del pasado armado? La respuesta no es única, pero algo sí queda claro: el título de “representantes del pueblo” no se decreta en un acuerdo; se construye voto a voto.

Al final, lo que ocurrió en las urnas es una lección dura sobre democracia y memoria. La paz firmada en La Habana no garantiza prestigio eterno. El perdón social no es automático. Y el poder político, cuando se basa más en símbolos que en resultados y conexión real con la gente, se evapora tan rápido como llegó. Lo que viene ahora será decisivo: O se lee este fracaso como un cierre definitivo a la experiencia política de ese partido, o se convierte en la presión necesaria para que futuras apuestas de paz se hagan con más verdad, más humildad y más respeto por la voluntad ciudadana.

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